Querido Seba:
No se si después de tantos años te interese recibir noticias mías. Nos separamos en julio de 2001 (11 años!!!) después de vivir juntos dos años y medio. De hecho la última vez que viajé a Buenos Aires fue contigo.
Once años no se resumen fácilmente, y creo que te aburriría un poco si entro en demasiados detalles. Prefiero hablarte de cosas que recuerdo de nosotros dos.
¿Te acordás donde nos conocimos? Jajaja en la casa de los Misioneros Mormones cuando, precisamente yo era uno de ellos. Eras un flaco, un pibe solidario y cómico, mucha chispa. Debo confesarte que por aquellos tiempos me molestaba un poco que anduvieras tanto de visita por donde los Misioneros (yo era muy fariseo), y pensaba que los hacías perder el tiempo.
Terminé la Misión “honorablemente” y después que llegué a casa me entraron las dudas, ya no sabía claramente lo que creía, pero igual me convencieron para ir a escuchar al Presidente Gordon B. Hinckley, “el profeta”… fue una masa, discursos demagógicos, etc., etc. Me aburrí como nunca. Viajar desde Uruguay en bus para llegar al monumental de Nuñez y escuchar a este Señor decir las mismas cosas que decía siempre, para ese mismo día volver en el mismo bus... lamentable.
Hubo un detalle que me alegró el viaje, y fue cuando nos cruzamos a la salida. ¿Qué cosa no? Entre miles de personas justo nos vinimos a encontrar. No te voy a mentir, y te lo dije muchas veces… te habías convertido en un hombre muy bonito, y esa sonrisa me produjo esas famosas mariposas en el estómago. El bus ya salía y tuve casi que correr, pero me hubiera quedado horas charlando contigo.
El tiempo pasó, como siempre, y una noche un grupo de amigos me invitó a ir al boliche de siempre, una disco gay bastante decente. Llegué más tarde que ellos, y lo primero que corrieron a contarme fue “hay un porteño que está buenísimo” y todos andaban revoloteándote como mariposas (jaja). Y ahí estabas vos, remera escote V gris, bailando clamorosamente al final de la pista. “Que lindo está el porteñito” pensé, pero no hice demasiados comentarios, cosas de Reina Queer, no quería ser otro moscardón más codiciando al argentinito, para que no te agrandaras más viste.
Pero claro, mis amigos empezaron a socializar contigo, y rápidamente se formó un grupete que bailaba a tu ritmo. Bailar no me gusta, como recordarás. Y no tuve más opción que acercarme y hacerme el simpático (cosa que a veces me cuesta).
Ahí fue cuando te reconocí, y al mismo tiempo vos a mí. Sorpresas de la vida… y ahí empezó el clásico “¿Qué hacés acá?”, “Lo mismo que vos”, “No me imaginaba que eras gay”, “Quien iba a decir”, “¿Tenés novio?” “Yo no, ¿vos?”, “No, ni loco”.
De golpe estábamos en unos sillones recordando mil y una anécdotas de cuando fui misionero en Argentina. Recuerdo claramente que pasó cerca nuestro un joven muy bello, y me preguntaste “Che, podría intentar con ese, tengo ganas de divertirme”. Y ahí, como canta Ismael Serrano, “se hizo luz se hizo silencio, todo paró y nació el amor”… y sin darme cuenta me salió un “¿Para qué si estoy yo?” (típico de mis 24 años). Y ahí descubrí que de esa boca iba a sacar muchísimos besos.
Terminamos en uno de esos hoteluchos, horribles, de dudosa higiene, y ahí vimos amanecer desde la ventana. Hicimos el amor… bueno… para que contarlo, pero fueron varias veces. Salimos y la luz era mucho para una noche en vela. Cuando tomé el taxi te dejé el número de mi teléfono celular, y te dije “No te pierdas, me interesaría volver a verte”. Y así empezó todo.
Yo me gasté casi todo el dinero que tenía en hoteles económicos, pero no me cansaba de amarte. Estuviste algo así como una semana y media más en Montevideo, y no nos despegamos ni un día. A la mierda mis exámenes del profesorado (porque era febrero), todo me importó nada, no me podía separar de vos.
Y llegó el momento de hablar del futuro. “Y ¿qué hacemos con esto?”, “Y… no se… los amores a distancia no existen”, “¿Y si lo intentamos?” me dijiste como quien dice “Empieza el noticiero” o “Te invito al cine”. Yo dije “¿Por qué no?”
Pasaron meses antes que vinieras a vivir a Uruguay. Me llamabas todos los días entre dos y tres veces. Y yo no me separaba del teléfono móvil ni un momento. Todo era incertidumbre. Todo era futuro. Éramos dos adolescentes tardíos en un idilio de esos que te marcan la vida entera.
Y un día no aguanté más y me fui a Buenos Aires, bien cosa de loca apasionada que va a rescatar a su Príncipe azul, hicimos el amor en una cabina telefónica, jajaja. Y aquello fue Hiroshima y Nagasaki juntos. No voy a entrar en detalles que vos y yo recordamos… es por pudor nomás.
Volví a Montevideo y ya en las clases, no hacía otra cosa que pensar en vos. ¡Que locura! Solamente quería recostarme en tu pecho desnudo y que me dijeras que me amabas.
Y allí nació la siguiente interrogante, “¿Qué hacemos con esto?”, “Me voy a Uruguay a vivir” dijiste, y mi mundo cambió de gris a multicolor.
Hubo esperas, desesperadas esperas. Pero viniste, a vivir conmigo. Y nos fue bien. Nos amamos desesperadamente por un muy buen tiempo.
Sos la primer persona con la que viví una relación de convivencia en pareja. Nos jugamos el todo por el todo. Y nos salió bien.
Tantos recuerdos, tantas cosas. No vale la pena que te recuerde el final de la relación. Para que contarlo. Solo basta con saber que fueron dos años y medio de vivir juntos, llenos de experiencias. Llenos de tu arte.
Y como sucede en esos casos, te fuiste y no quise saber absolutamente nada de vos. Quise borrarte de mi disco duro. ¡Reina despechada!(los años pasan y uno no pierde esas cosas)
En el 2009 me escribiste un email, por el fallecimiento de mi abuela. Cruzamos un par de correos, y la vida siguió. Se que triunfaste en lo tuyo, actuaste, trabajaste en TV, esas cosas que de reojo uno tiene la curiosidad de saber, pero que ni bajo pentotal confesaría.
Pero ver tu Facebook aquel día (por esa curiosidad de que no me importa pero quiero saber como estás) y todos te estaban despidiendo. Y yo congelado ante la notebook. Procesando la idea de que te habías marchado.
Se que dije parte del recitado del Sabalero: “la muerte, esa puta vieja y fría, nos tumba sin avisar!!!!”. Y te habías ido. Simplemente ya no estabas.
Es raro saber que cuando vuelva a Buenos Aires vos no vas a estar allá. Porque siempre se vuelve a Buenos Aires. Estoy seguro que con mi esposo recorreremos lugares, Palermo, Recoleta, San Telmo, y que posiblemente vos nos acompañes (después de tanto tiempo no hay espacio para los celos ¿no?) Pienso ir a ver a tus viejos, a tus hermanos y pasar una de esas espléndidas tardes que compartíamos, y charlar de todo, incluyéndote a vos.
No vale la pena maldecir la enfermedad que te llevó de este mundo. No te idealizo Seba, tuvimos encuentros y desencuentros. Pero… nobleza obliga, fuiste uno de mis amores, y el amor es eterno mientras dura.
Después de muchos meses puedo escribirte esta nota. Le conté a Diego, mi esposo, todo lo nuestro. Vos sabes que es malo atarse al pasado, y los dos escogimos vivir los presentes.
Así es que, loco, lo que tengo para decirte es “gracias” por ser quien sos en mi vida. Gracias por todos los momentos que vivimos. Y si andás por ahí entre el polvo cósmico, recibí un gran gran abrazo de mi parte. Hasta el día que me toque a mí, vas a ser parte de mi "historia".
Nos estamos viendo, en algún momento (y tarareo esa canción re vieja... "espérame en el cielo").
Con mucho mucho afecto,
Fabio







